martes, 12 de julio de 2011

Desde el infierno

Tres meses después revivía de aquel infierno. Más delgada, con los ojos cansados y el gesto sereno. Aún le costaba un poco respirar aquel aire, demasiado puro. Abrió el portal y se asomó al exterior, con pasos cortos y prudentes, como quien se acerca a algo desconocido. Pleno mes de Junio, una tarde soleada. Gracias a Dios había una ligera brisa, sino hubiera sido demasiado, y hubiera vuelto hacia atrás. Lo que más le dolía era aquella claridad que le hería los ojos, atacándola. Una luz que hacía días que no se había atrevido a recibir. Percibió más ruidos de los que había escuchado en meses. Todos juntos, mezclándose, complementándose y luchando por superarse los unos a los otros. Murmullos de aquella pareja que caminaba a lo lejos, la discusión de un par de vecinas en la tienda de al lado, el arrullar de las palomas que se escondían encima del garaje, los coches que pasaban por una calle demasiado transitada para ser tan pequeña y algún que otro sonido que no lograba descifrar. Eran sonidos que unos meses antes no se había parado a escuchar, simplemente estaban allí. Pero ahora, después de todo aquel tiempo encerrada, escondiéndose, todo parecía nuevo. Nuevo y multiplicado, atacando a todos sus sentidos. La brisa también era más fuerte. Los colores parecían más brillantes. Se sentía abrumada y extasiada. Asustada, y a la vez, tan libre… Porque llevaba muchos días allí, escondiéndose, huyendo de algo que la había superado por completo. Había comprendido por primera vez lo que era el sentimiento de un corazón resquebrajándose, partiéndose en miles de pedazos que ya no podían ser pegados de ninguna forma. Si al menos hubiera sido solo odio, pena… pero no. Cada uno de aquellos pedacitos se había desprendido por motivos diferentes. La rabia de haber perdido una inocencia que ya no recuperaría. La frustración por todas aquellas sonrisas que hacía demasiado tiempo que no dedicaba. Aquella sensación de debilidad cuando se había sentido utilizada, cuando la humillaba, cuando le hacía creer que ni su vida merecía la pena. La tristeza por seguir sintiendo un amor tan profundo pese a todo lo que había sucedido, pese a todo lo que le había hecho. Ese sentimiento de asco hacia sí misma, cuando se daba cuenta de aquello en lo que se estaba convirtiendo. Un ser que pasaba por esta vida sin apenas tocarla, conformándose y respirando sólo el aire que otros ya habían utilizado. Una persona que no sabía sentir. El dolor. Y la ira. Una ira que lo arrastraba todo, pero que nunca salía de su cuerpo. No hacía moverse a sus manos. No impulsaba a su boca a gritar. Sólo se quedaba dentro, rompiéndola. Y ahora, después de todos aquellos segundos, de todos aquellos días, semanas, meses, que le habían parecido años, cada pedacito de aquel corazón volvía a su sitio. Se había cansado de huir de sí misma, de esconderse del mundo. Su abuela se habría sentido orgullosa de ella, viéndola sonreír por primera vez en tanto tiempo, con cierta determinación, con orgullo. Era hora de recuperarse a sí misma. Sabía que la fijación de aquellos trocitos de corazón no era permanente, sólo era una unión débil y temporal, pero había que intentarlo. Ya se encargaría la vida de mandarle un buen pegamento.

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