domingo, 8 de septiembre de 2013

Esther

 Es preciosa. El pelo castaño,los ojos negros y una sonrisa triste. 

Se sienta detrás de la mesa con las manos en los bolsillos. Se viste demasiado elegante para este pequeño bar de pueblo. Parece un animalito perdido en un ambiente hostil y se esconde detrás de la espalda ancha del que creo que es su novio. La escucho decirle en bajito que no entiende nada,con un acento de cualquier sitio lejano. Tiene los ojos también tristes, mientras gira la cabeza a un lado y a otro, siguiendo una conversación de la que no entiende palabra. 

Él cambia por momentos. Gallego cerrado, pitillo en mano y charlas insustanciales. Luego la mira a ella y suaviza la lengua, intentando hacerla entender, mientras suaviza también la mirada y le sonríe con cara de tonto enamorado. La escucho decir a ella, a media voz y con la sonrisa de lado, que le propone un trato: "yo te enseño inglés y tu me enseñas... "galego"". Pone toda su alma en pronunciar la palabra con un aire folclórico. El le dice que va a ser difícil, pero pone cara de intentarlo. Luego la conversación vuelve a envolverlo y ella se mantiene distante, pestañeando suavemente y girándose hacia la ventana. Me deja ver un perfil perfecto, labios sensuales, nariz respingona, ojos brillantes. Casi el rostro de una diosa. 

Lo miro a él ,de rostro aniñado y andar desgarbado,y me pregunto qué le habrá visto. Luego él se gira y le vuelve a sonreír con esos ojos de adoración. Ya lo entiendo todo.



*A Esther, la joven del perfil de diosa, y a Rubén, que cuando leyó este texto sonrió de tal forma que me hizo volver a creer en mí, volver a escribir.

1 comentario:

  1. Salamandra:
    Muy buena observación del poder del amor, que une lo imposible.
    He visto parejas más desparejas que la de Esther y Rubén; sin embargo, la escena se repite.
    Un gran abrazo.

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